L'altre blog de l'Arare

miércoles, diciembre 27, 2006

VILLADANGOS - HOSPITAL DE ORBIGO - ASTORGA

8-10-01
Villadangos-Hospital de Órbigo- Astorga
(32 km.)

Después de un buen desayuno en el bar de la noche anterior, donde coincidimos ya por última vez con Gaby y José Antonio y de los que nos despedimos pues llevamos diferentes ritmos, empieza una etapa en la cual mis pies ya se van resistiendo a caminar. Estamos pensando en hacer sólo los primeros 10 km, hasta Hospital de Órbigo y quedarnos allí para descansar y reanudar el camino mañana. Esto es lo que tienen pensado hacer los franceses, a quienes aun hemos dejado durmiendo. Pero claro, cuando llegamos al pueblo sólo son las 10 de la mañana y como no me duele nada... decidimos continuar.

Hospital de Órbigo es un pueblo precioso. A la entrada, un puente de origen romano, muy mejorado en siglos posteriores, salva el río Órbigo en una zona de praderas y árboles que vuelve a cambiar el paisaje ante unos ojos ya acostumbrados a los páramos. Allí la parada es obligada, para tomar un café, comprar unas postales, escribirlas mientras tomamos el café y para -santa inocencia la mía, que creía que continuaríamos un par de días más por lo menos- comprarme un libro "que no pese".

Me explico con lo del libro: en cada etapa me he llevado un libro. Lo malo es que un libro pesa. Lo bueno es que cuando estás en el refugio, si te sobran unos minutos después de hablar con la gente y después de escribir, puedes leer. Yo soy de las personas que "necesitan" tener un libro. Entre nosotros - y que no se me mire raro, puesto que me consta que a mucha gente le ocurre lo mismo- si voy al lavabo y no tengo nada que leer, me leo incluso lo que pone en las botellas de champú!... ya sé que soy rara, ya. Bueno. la cuestión es que en Villadangos no había absolutamente nada que leer y llevaba yo ya demasiados días sin lectura, por culpa del peso. Había que comprar un libro, pues, y eso fue lo que hice en H. de Órbigo: 515 ptas de libro "que no pesaba nada". "Espectros". De Manuel Vicent. No está nada mal, lo recomiendo; es un libro de artículos, libres y heterodoxos como el propio autor, reza la leyenda de la portada.

Una hora estamos descansando, tomando café, comprando postales y adquiriendo el libro. Después de revisar minuciosamente mis pies y ver que aunque no están muy católicos, los puntitos sólo sobrepasan un dedito por encima de los calcetines, decidimos continuar. Sólo nos quedan dos posibilidades: o nos quedamos en San Justo de la Vega, a 12,9 km. de H. de Órbigo, o , en el caso de que el mencionado pueblo sea muy desaborío, continuamos un poco más, hasta Astorga. Ya veremos.

Emprendemos la marcha de nuevo. Hace un día espléndido. Estamos absolutamente solos. Algunos parajes invitan a la meditación, otros, a la conversación. Hablamos poco. En algunos momentos siento que he retrocedido en el tiempo y recuerdo trozos de lecturas de mi niñez. De lecturas de los "libros de lectura" del colegio, que solían reproducir episodios ocurridos en pueblecitos y paisajes precisamente como los que estoy pisando. Otra vez, pues, los recuerdos. Esta vez son recuerdos literarios. Soy especialista en recordar cosas que jamás me han ocurrido, sensaciones vividas y sentidas en el momento de la lectura, por muchos años que hayan transcurrido.

En un momento dado pasamos por un pueblecito del que no recuerdo el nombre y que ni siquiera sale en la guía: cuatro casas. Un lavadero enorme, donde tres o cuatro mujeres "fan bugada"... lavan montones de ropa con unas pastillas de jabón enormes que me recuerdan el famoso jabón "lagarto" de toda la vida... Les pido permiso para fotografiarlas y les hace mucha gracia. Se colocan. Posan con cara de foto, pero no dejan de hacer su trabajo. Estoy convencida de que en sus casas tienen lavadoras pero también estoy convencida de que no cambiarían por nada del mundo este rato de compañía que se hacen unas a otras mientras hablan, ríen y comentan. "Fan safareig". Siento no poder traducir esta expresión.

En otro momento, a ambos lados del camino tenemos unos manzanos repletos que nos llaman a gritos y que se parecen a los arbolitos que dibujan los niños en el parvulario... no podemos resistir la tentación de robar un par de manzanas y diría que comerlas resulta la viva expresión del pecado original: pura delicia, puro pecado (y más porque son robadas). Su sabor es brillante. Su color es el de las manzanas de Blancanieves y contemplarlos me devuelve de nuevo a mi niñez.

El sol nos acompaña y el cielo es el vivo retrato de un cromo. Un cromo vivo, pues las nubes en forma de dibujo se mueven al compás de nuestros pasos. Un éxtasis, un privilegio, un sueño hecho realidad. El camino... la luz, la vida!...


El sol, el camino, la luz, todo perfecto, pero mis pies protestan. Empiezo a notar que esta va a ser la última etapa por esta vez. Empiezo a saber que no tendré tiempo de leer el libro, ni tendré más días para caminar, que... empieza la neura de nuevo.

Aparte de las manzanas, también robamos un pequeño racimito de uva. Tenemos hambre, no hay pueblos hasta dentro de una hora por lo menos. Me siento para saborear la uva, JSalvador coge también un par de peras de magnífico aspecto pero totalmente verdes, que saben a corcho.

Continuamos la marcha deteniéndonos de vez en cuando para mirar hacia atrás o hacia los lados y contemplar la inmensidad que nos rodea. Ya no estamos rodeados de "nada". Ahora estamos rodeados de robles, matojos, flores silvestres, estamos rodeados de color, ese color que aún tiene reminiscencias verdes, pero que ya va degenerando hacia el naranja, el amarillo y en algún momento, a ese color pajizo que adquieren las hojas antes de caer. Algunas ya están caídas, pero la mayoría siguen en su sitio, esperando a que una racha de viento las deposite suavemente en el suelo.

Particularmente, me dan ganas de emborracharme con los colores, al mismo tiempo que quiero llegar de una vez al final de la etapa, porque el martirio de pies ya es considerable. Así que incluso aligeramos el paso.

Llegamos a Santibáñez de Valdeiglesias. No hay nada. Ni un mísero bar abierto. Cuatro casas. El refugio está cerrado a cal y canto y en todo caso hay que ir a pedir las llaves a la casa del cura. No lo hacemos, ya que sólo quedan 8 km hasta San Justo de la vega y 3 más hasta Astorga. De pronto vemos un cartel que indica: seguir por carretera... o seguir por los caminos. Haremos dos km más,o sea 13, pero preferimos seguir por los caminos. Aun a costa de los pies.

Todo sigue igual, sin que pueda hablar de monotonía (al contrario). El sol juega al escondite y nos hace quitarnos el anorak y volvernos a poner el anorak. Juega. Ahora hace frío, ahora hace calor. Los cambios de ritmo son fatales para los pies, pero no se puede caminar con tanto calor. Por otra parte, no se puede caminar con tanto frío! ya estamos como siempre: Las contradicciones de la vida se suceden también en el camino.

Hay algo que nos sigue quedando muy claro a ambos: estamos caminando juntos y es lo que más deseamos en este momento. Estar juntos. Vivir los buenos momentos, los malos momentos, los sabores y los sinsabores... qué sencillo es todo, en realidad. Una vida está hecha de contradicciones en todo momento. Lucha del corazón contra la mente, lucha del bien contra el mal, lucha contra el frío y el calor, lucha de la vida contra la muerte... en fin...

Contradicción tras contradicción, paso tras paso, acabamos llegando a San Justo de la Vega. Ahora ya solo faltan 3,2 km para Astorga. Sería una mariconada no continuar, pero me quito las botas y veo dos desastres en mis pies,con lo que acabo metiendo las botas en una bolsa y poniéndome las zapatillas de la ducha. ¡Seguiré andando así!

Entramos en un bar, son las 5 de la tarde - la hora de los toreros- y desde allí, mientras nos tomamos unas cañas y unos bocadillos deliciosos, será por el hambre que llevamos... llamamos a Juan (jibov) para decirle que vamos hacia Astorga y el estado lamentable en que se encuentrasn mis pies. Las miradas "raras" a mis pies por parte de la gente que hay en el bar ya no me extrañan...
08 d’octubre de 2001

Villadangos_ Hospital de Orbigo – Astorga

Trenta- dos quilòmetres. Esmorzem al mateix bar on la nit anterior havíem sopat. Coincidim ja per darrera vegada amb Gaby i José Antonio, doncs ells porten un ritme diferent. Els meus peus ja es van començant a resistir a seguir caminant. Estem pensant en fer només els deu primers quilòmetres, fins a Hospital de Orbigo, quedar-nos allà per descansar i retornar al camí l’endemà. Això és el que han decidit fer els francesos, que encara hem deixat dormint. Però és clar, quan arribem al poble només són les deu del matí i a mi no em fa mal res... per tant, després d’un refrigeri i de descansar una estona, comprar unes postals i un llibre, decidim continuar.

Hospital de Orbigo és un poble molt bell. A l’entrada, un pont d’origen romà, millorat en segles posteriors, creua el riu Orbigo en una zona de prats i arbres que fa que torni a canviar el paisatge davant dels nostres ulls, que ja s’han acostumat als erms. Allà la parada és obligada, com he dit, per prendre cafè, escriure les postals mentrestant i per – santa innocència la meva- comprar aquell llibre que havia de començar a llegir en aquells dos dies més que havia de continuar el camí.

A cadascuna de les nostres etapes del camí m’he emportat un llibre. El pitjor és que els llibres pesen, però quan arribes a un refugi i no tens res per llegir, de vegades ho trobes a faltar. Jo sóc de les persones que necessita tenir sempre un llibre a mà. La qüestió és que a Villadangos no hi havia res per llegir, jo ja portava massa dies sense llibre, ja que aquesta vegada, per culpa del pes, no me n’havia emportat cap. Després d’una hora de descans, de revisar minuciosament els peus (els de tots dos) i veure que encara que no estan massa fins, els puntets només sobrepassen un dit per damunt dels mitjons, decidim continuar. Només ens queden dues possibilitats: o ens quedem a San Justo de la Vega, a 12,9 quilòmetres d’Hospital de Orbigo, o, en el cas que aquest poble no ens agradi gens, continuarem uns quilòmetres més, fins a Astorga. Ja ho veurem. Emprenem la marxa altra vegada. Fa un dia esplèndid, estem completament sols, alguns paratges ens conviden a la meditació i uns altres, a la conversa. Parlem poc. En alguns moments sento que he retrocedit en el temps i recordo trossos de lectures de la meva infantesa. Lectures dels llibres “de lectura” de l’escola, que solien reproduir episodis ocorreguts en poble i paisatges precisament com els que estem trepitjant. Altra vegada, doncs, els records. Aquesta vegada són literaris. Sóc especialista en evocar coses que mai no m’han passat, en rememorar sensacions viscudes i sentides en el moment en què tenia el llibre a les meves mans, per molts anys que hagin passat. Hi ha un moment en què passem per un poble petit del qual ni tan sols recordo el nom i que no surt a la guia: quatre cases. Un safareig enorme, on unes quantes dones fan bugada. Renten piles de roba amb unes pastilles de sabó enormes que em recorden el famós sabó “lagarto” de tota la vida, els demano permís per fer-los una fotografia i els fa molta gràcia. S’hi posen bé. Posen cara de foto, però no deixen de treballar. Estic convençuda que a casa seva tenen màquines de rentar però que no canviarien per res del món aquesta estona de companyia que es fan les unes a les altres mentre parlen, riuen i comenten. “Fan safareig”. En un altre moment, a ambdós costats del camí, tenim unes pomeres repletes de pomes que ens criden. S’assemblen als arbres que normalment dibuixen els nens al parvulari. No podem resistir la temptació de robar un parell de pomes i jo diria que quan ens les mengem se’ns figura la viva expressió del pecat original. Una pura delícia i pur pecat, perquè a més, són robades i per tant, més bones. El seu sabor és brillant i el seu color és el de les pomes de la Blancaneus.

Contemplar-les i assaborir-les em retorna, de nou, al passat. El sol ens acompanya tota l’estona i el cel és la imatge d’algun cromo dels que havia col·leccionat de nena. Un cromo viu, ja que els núvols en forma de dibuix, es mouen al compàs de les nostres passes. Un èxtasi, un privilegi, un somni fet realitat. El camí, la llum, la vida, tot és perfecte menys els meus peus. Els meus peus protesten. Començo a notar que aquesta serà la darrera etapa per aquesta vegada. Començo a saber que no tindré temps de llegir el llibre ni tindré més dies per caminar, que s’inicia la meva neurastènia altra vegada. Però jo no m’ho invento. Si em miro els peus ho veig!
A part de les pomes, també hem robat una mica de raïm. Tenim gana, no hi ha cap poble fins al cap d’una hora de camí com a mínim. M’assec per assaborir el raïm. En Joan Salvador també agafa un parell de peres de magnífic aspecte però totalment verdes, que tenen gust de suro. Continuem la marxa parant-nos de tant en tant per mirar enrere o als costats i contemplar la immensitat que ens envolta. Ja no estem envoltats de “res”. Ara estem envoltats de roures, matolls, flors silvestres, estem envoltats de color, aquest color que encara té reminiscències de verd, però que es va degradant cap al taronja, el groc i en cap a aquell color palla que prenen les fulles abans de caure. Algunes ja han caigut, però la majoria continuen al seu lloc, esperant a què una ràfega de vent les dipositi suaument al terra. Em venen ganes d’emborratxar-me amb els colors, al mateix temps que vull arribar d’una vegada al final de l’etapa, perquè el martiri dels peus ja és considerable. Així doncs, alleugerim el pas. Arribant a Santibañez de Valdeiglesias no hi ha res. Ni un misèrrim bar obert. Quatre cases. El refugi està tancat amb pany i clau i en tot cas cal anar a demanar les claus a casa del rector. No ho fem, ja que només queden vuit quilòmetres fins a San Justo de la Vega i després, tres més fins a Astorga. De sobte veiem un cartell que indica: “seguir per carretera o seguir pels camins” . Si anem pels camins farem dos quilòmetres més, però no podem suportar la idea de pensar en caminar per l’asfalt, així que ens decidim pels camins, malgrat el mal de peus. Tot continua igual, sense que es pugui parlar de monotonia, ans al contrari. El sol juga amb nosaltres a fet i amagar i ens fa treure’ns l’anorac i tornar-nos-el a posar perquè tan aviat fa calor com fred. Els canvis de ritme són fatals pels peus, però no es pot caminar amb tanta calor. Per una altra banda, tampoc no es pot caminar amb tanta calor. Ja estem com sempre: les contradiccions de la vida es van succeint també al llarg del camí.

Hi ha una cosa, però, que ens queda molt clar a tots dos: estem caminant junts i això és el que més desitgem en aquest moment. Estar junts. Viure els bons moments, els mals moments, allò de bo i allò de dolent, la salut i la malaltia, que senzill que resulta tot, en realitat! Una vida està feta de contradiccions en tot moment. La lluita del cor contra la ment, la lluita del bé contra el mal, la lluita contra el fred i la calor, la lluita de la vida contra la mort.
Contradicció rere contradicció arribem, finalment, a San Justo de la Vega. Ara ja només ens falten 3,2 quilòmetres per arribar a Astorga. Seria una bestiesa no continuar, però em trec les botes i veig dos desastres en lloc de peus, per la qual cosa acabo ficant les botes en una bossa de plàstic i calçant-me les sabatilles de la dutxa. Continuaré caminant així, ja sabem que no és la primera vegada ni serà la última, abans d’arribar a Santiago.

Entrem en un bar, són les cinc de la tarda – l’hora dels toreros- i des d’allà, mentre ens prenem unes cerveses i uns entrepans deliciosos - deu ser per la gana que portem, que els trobem tan bons - truquem en Juan (un d’aquests amics nostres que jo he conegut a través d’internet) per dir-li que anem cap a Astorga i l’estat lamentable en què es troben els meus peus. L’amic Juan ens ve a recollir. En Joan Salvador fa caminant i amb motxilla inclosa els tres quilòmetres i dos-cents metres que ens separaven d’Astorga. Jo vaig en cotxe, amb en Juan. Després de segellar credencials ens acompanya a un confortable hotel de León, on passem la nit, després d’haver anat a sopar amb ell i en Javi. S’ha acabat el camí, de nou, i haurem d’esperar uns altres sis mesos per continuar.

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