L'altre blog de l'Arare

sábado, diciembre 23, 2006

0'CEBREIRO-TRIACASTELLA

O'Cebreiro-Triacastela

(20,6 km)

El camino hoy es perfecto.Salimos a las 7,30 de la mañana y una niebla que lo envuelve todo nos hace pensar que quizá todo el día será así. Por suerte, nos equivocamos, pues el astro ha tenido a bien visitarnos al cabo de un par de horas. De todos modos, todo lo que se presenta ante mis ojos, a través de la niebla, es como si lo estuviera mirando a trvés de la ventana de la abuela, con sus visillos de puntillas hechos a mano, así me pareció. Y me emborracho de nuevo de colores y de formas y de nuevo sé que jamás sabré cómo transmitir ese estado de trance en el que entro.

Hay que vivirlo, hay que caminarlo, para darse cuenta realmente de todo lo que llegamos a poseer aun sin darnos cuenta. Porque, así como ya poseo el mar, ahora sé que también poseo estos cachitos maravillosos de esta tierra en la que me ha sido concedido vivir. Así pues, lo que veo, a través de la niebla y más tarde en compañía del sol, me subyuga.

La reacción alérgica anda subiendo por los tobillos, pero me da igual. No duele, sólo "hace feo" y se encarama piernas arriba, así pues, no va a joderme la caminata. Lo malo es cuando se hinchan los pies y no caben en las botas, pero de momento, aún está la cosa controlada, así que... simplemente, no voy a ser una "peregrina fashion", como ríe mi familia cuando - ya de vuelta- les contamos la aventura.

Casi llegando a Triacastela - pueblo llamado así porque en tiempos albergó tres castillos, de los cuales no queda ninguno - vuelvo a comer moras. Las moras podrían llegar a hacerme daño. No puedo resistirme a este fruto medio salvaje que se me presenta a menudo y me dice "cómeme", cual Alicia en país de maravillas...

Una de ellas, ni la de antes ni la de después, sólo "aquélla" me ha transportado de nuevo. Me ha traído a la boca un sabor agridulce y, entre vacas, campos, moras, silencios, miradas y recuerdos, he vuelto -otra vez- a mi infancia.

En mi escuela (San Luís) era tradicional, el día de san Luís - creo que el 21 de junio- aprovechando que ya se terminaba el curso, hacer una excursión. El itinerario era siempre el mismo, año tras año. En los últimos cursos de bachillerato ya no pudo ser el mismo: allí, donde tanto había corrido, jugado a la comba, comido bocadillos, bebido agua en cantimplora, cantado hasta quedarme afónica, donde había hecho la pelota al profe de historia con tal de no tener que empollar (aunque no hubiera servido de mucho), allí donde un compañero había intentado besarme, allí donde tenía escondidos tantos recuerdos, estaba naciendo un nuevo barrio: la actual Ciudad Meridiana... ir allí, ahora, es ver el pasado a través de un filtro e intentar hacer magia mental para "saber" dónde estaba ubicada la fuente, dónde el zarzal y dónde el lugar exacto en que el compañero - fallecido años después en accidente de tráfico- me había besado.

Joan S. se vuelve para ver cómo sigo. Han transcurrido instantes desde que me comí la mora, desde que empecé a sentir el pasado. Vuelvo a la realidad. Pronto llegremos a Triacastela. Muy pronto.

Entretanto, ocurre una anécdota divertida: allá, a lo lejos, observo un campo donde parece pastar un conjunto de vacas (muy pequeñas) todas negras... "qué raro" - me digo- no hay ninguna vaca blanca o "estampada" en blanco y negro.... y ... ¡qué pequeñas son, estas vacas, igual son ternerillos!"... lo comento con mi capi y me dice, divertido:

- Desde luego, moza, ¡tu miopía es la leche! No son vacas: son cuervos!!
-Sí, hombre, ¿y qué más?- me enfado yo...

Joan S., ni corto ni perezoso, bate palmas en un ritmo casi flamenco y observo con estupor que ¡todas mis vacas salen volando!
Definitivamente, ¡creo que debo cambiar la graduación de mis gafas!...
Me entretengo aquí. Esta no es la última etapa. La última etapa sería "mañana", pero quiero quedarme aquí, en Triacastela y comentar todo lo que sentí.

Al llegar al albergue uno se queda momentáneamente embobado porque "parece" que es uno de los mejores. Y digo "parece" porque en cuanto uno lo ve por dentro se da cuenta de la falta de funcionalidad que ofrece y uno piensa que cuando hay un dinero por medio, a veces las cosas se hacen o bien sin pensar, o bien pensando sólo en la fachada, en el exterior, en aquello que se ve.

Se llega al albergue y se observa una extensa pradera verde - preciosa- y allá, al fondo, un par de edificios azules, muy de diseño. Según te vas acercando, vas viendo que realmente, hay mucho diseño, allí, pero vas pensando "joder, esto no tiene por qué parecer el Guggenheim, sólo tiene que ser un albergue". Entras y te encuentras con un hospitalero amabilísimo, sentado en un taburete ante una micromesita, más que nada porque no cabe nada más en el vestíbulo, y divisas unas escaleras vistosas, grandes, pero poco prácticas.

Cuando sabes que vas a dormir en una habitación de 4 literas (cómoda, la verdad sea dicha) que está en un piso diferente del baño, ya te acuerdas del arquitecto y de la madre que lo parió. Porque una cosa es, señores, que un albergue acondicionado como tal pero no pensado y diseñado para serlo, como puede ser la "barraquita" de Belorado, tenga los baños a quinientas millas de las habitaciones. Pero , ¡caramba!, un edificio que está "pensado" para ser albergue... debería haber sido pensado con la cabeza, no sólo con la cartera. Y una, después de acordarse de la santa madre del arquitecto, se dice a sí misma "no soy una peregrina fashion, pero estoy en un albergue fashion".

Las habitaciones, como digo, son perfectas, dentro de sus limitaciones. Parecen las de una casa de colonias. Notable. Las puertas de los baños son algo así como las puertas de un saloon del Far West, no te puedes encerrar por dentro y es muy divertido porque mientras estás haciendo tus cosas, sabes que en cualquier momento puede aparecer alguien que, de no mirar por debajo de la puerta para ver si hay unos pies, se llevará una sorpresita. Y claro, esto es fantástico para el estreñimiento. Para avivarlo, quiero decir.

No hay cocina. Y francamente, según voy viendo a medida que "hago" camino, la cocina es un elemento importante, porque acoge a muchos peregrinos que no desean ir al restaurante. Tampoco hay ninguna sala donde uno pueda recogerse si llueve. Sólo dos vestíbulos, bastante pequeños. La gente se sienta en el suelo o en la escalera si quiere departir amigablemente. Y está, claro, la gran explanada de enfrente, que cuando hace sol es perfecta, pero cuando hace mal tiempo, no sé yo...

Aparte de esto, los dos edificios, paralelos ellos, tienen gran cantidad de sol,en las escaleras. Para ser justos hay que decir, sin embargo, que hay una gran sala "de máquinas" con lavadoras y secadoras que funcionan con monedas y que está prohibido lavar a mano. Así pues: peregrino, o te gastas las perras, o no lavas. Aunque, para una sola noche, tampoco hay que exagerar. Yo, en cuanto a funcionalidad, le daría un aprobadillo, pero jamás se llevaría el FAD (¿se llama así?)...

El exterior, la enorme explanada, el entorno, el pueblo... una maravilla, como todo lo que estamos viendo estos días. El hospitalero, como ya he dicho, encantador, como casi todos.

Tampoco aquí entablamos conversación con nadie. La gente va a su aire y algunas personas corren más de lo que pueden, perdiéndose, de esta manera, el "vivir" la inmensidad que nos rodea. Algunos sólo piensan en llegar antes para encontrar agua caliente. Lejos, en mi recuerdo, quedan las personas conocidas en las primeras etapas, con algunas de las cuales todavía mantenemos correspondencia o nos comunicamos vía email. Esta vez no. Esta vez aún es verano. Y creo que ya lo comenté en la primera crónica de esta etapa: nunca más se me ocurrirá hacer el camino en verano. No es lo mismo. Pierde encanto porque el camino se masifica y pasa a ser casi una ruta turística más. No tengo ni idea si esto es bueno o es malo. En cualquier caso, a mi no me gusta. Es "el otro lado del camino". Lo comento con el capi y, como él está tan entusiasmado, parece que le duela mi comentario. Pero es que yo pienso así, tal cual.

Tumbada en el césped, tomando el sol como un lagarto, observo al capi que se ha quedado dormido y que, aun dormido, cada vez que le alcanza el sol se va retirando hacia la sombra (es divertido) hago un examen de conciencia y me digo: Montse ¿por qué estás aquí?... y me recuerdo a mí misma que esta vez fue una negociación. Que esta vez, malditas las ganas que yo tenía de ponerme a caminar, dejando una sustituta en el trabajo, dejando atrás todas mis cosas ...

Y luego me digo a mí misma que estoy siendo injusta. El mero hecho de que este refugio no me convenza, el mero hecho de que no hayamos encontrado personas "como en las anteriores etapas", es sólo un punto de vista. Es sólo que lo estoy viendo desde el lado "que no toca". Y entonces, como es habitual en mí desde que he descubierto que es mucho mejor para todos pensar en positivo, recuerdo - y él me recuerda más tarde a mí- que queremos hacer un trozo de camino a la inversa para ver aquél roble centenario que nos ha encandilado mientras veníamos. Y que este roble puede compensar el mal sabor de boca de la máquina de cocacolas que nos hemos encontrado a la entrada del pueblo... un encanto natural, perdido gracias a la máquina de cocacola... y que la visita al roble puede también paliar el poco entusiasmo que me ha dejado el albergue.

... las cosas son como son y el mundo en que vivimos es así. Intentar cambiarlo es de héroes. Y nosotros no hemos nacido para héroes. Así pues, paseando, con los pies metidos en las chanclas para compensar también la dichosa alergia y con el corazón contento porque estamos juntos, porque ya que no podemos cambiar las cosas vamos a intentar gozar de ellas tal como están... nos vamos a ver el roble. Y gozamos ante su vista y nos encanta ver la flecha amarilla pintada en su corteza, flecha amarilla que ya forma parte de nosotros, que nos va marcando la ruta, que nos acompaña, silenciosa en su presencia, desde que empezamos, hace tiempo, en Roncesvalles...
11 de setembre de 2002

O’Cebreiro – Triacastela

Vint quilòmetres sis-cents metres. Avui el camí és perfecte. Sortim a les 7,30 del matí i una boira que ho envolta tot ens fa pensar que tot el dia serà així, però per sort ens estem equivocant. Perquè al cap d’un parell d’hores ja llueix un sol esplèndid. De tota manera, tot el que es presenta davant dels nostres ulls és com si ho estiguéssim veient a través de la finestra de l’àvia, a través d’unes cortines de puntes de coixí. I torno a agafar una borratxera de formes i colors i altra vegada sé del cert que mai no sabré expressar amb paraules aquest estat de trànsit en què entro. Cal viure-ho, cal caminar-ho per adonar-se realment de tot el que arribem a posseir sense adonar-nos-en. Perquè, així com jo sé que posseeixo el mar, ara sé que també posseeixo aquests bocins meravellosos d’aquesta terra a la qual m’ha estat concedit viure. Així doncs, el que veig a través de la boira i més tard, a través del sol, em subjuga.
La reacció al·lèrgica (o el que sigui) està pujant pels turmells però m’és igual. No fa mal, només fa lleig i s’enfila cames amunt, així doncs, no deixaré que em fumi enlaire la caminada. El pitjor és quan s’inflen els peus i no caben a les botes, però de moment encara ho tinc controlat, així que, senzillament, no seré una pelegrina “fashion”, com riu la meva família quan – ja de tornada- els expliquem l’aventura. A punt d’arribar a Triacastela – poble que es diu així perquè en temps passats albergava tres castells, dels quals no en queda cap, torno a agafar mores. Les mores em podrien arribar a fer mal. No em puc resistir a aquest fruit mig salvatge que se’m presenta de tant en tant i em diu “menja’m” com l’Alícia en terra de meravelles. Una d’elles, ni la d’abans ni la de després, només “aquella” m’ha transportat altra vegada.
M’ha portat a la boca un sabor agredolç i, entre vaques, camps, mores, silencis, mirades i records, he tornat, una vegada més, a la meva infantesa. A la meva escola, on el director i la seva esposa, així com uns quants professors més es deien Lluís i Lluïsa, el dia 21 de juny, Sant Lluís, era tradicional, aprofitant que ja era final de curs, fer una excursió. L’itinerari era sempre el mateix, any rere any. En els darrers cursos del batxillerat ja no va poder ser perquè, allà on tant havia corregut, jugat a corda, menjat entrepans, begut aigua amb la cantimplora, cantat fins a quedar-me afònica, on havia fet “la pilota” al professor d’història per no haver d’estudiar – encara que no servia de res, perquè havia d’acabar estudiant igual- allà on un company havia intentat besar-me, allà on tenia amagats tants records, estava naixent un nou barri: l’actual Ciutat Meridiana. Anar allà actualment, és veure el passat a través d’un filtre i intentar fer màgia mentalment per saber on hi havia la font, on hi havia l’esbarzer i on el lloc exacte on el company – mort als divuit anys en un accident de cotxe- va intentar besar-me. Un petó robat que s’endugué la mort.
En Joan Salvador es tomba per veure com estic. Han passat instants des que m’he menjat la mora, des que he començat a sentir el passat. Torno a la realitat. Aviat arribarem a Triacastela. Molt aviat. Mentrestant vivim una anècdota molt divertida. Jo sóc miop. Allà lluny em sembla veure pasturar un ramat de vaques molt petites, totes negres.
- Que estrany – em dic- no hi ha cap vaca blanca o blanca i negra... i a més, que petites són, aquestes vaques, potser són vedells... – ho comento amb en Joan Salvador, que esclata en una riallada i em diu, molt divertit:
- La teva miopia es supera cada dia! Són corbs!
- Si, home, i què més? – m’enfado jo
Ell, sense dir res, pica de mans. I jo, bocabadada, veig com totes les meves vaques surten volant!

Definitivament- penso- he de canviar la graduació de les meves ulleres!

Quan arribem a l’alberg em quedo momentàniament parada perquè em sembla que és un dels millors. I dic que m’ho sembla perquè així que el veig per dintre m’adono – parlant, a més, amb en Joan Salvador que encara ho veu més que jo- de la manca de funcionalitat que ofereix. Un arriba a pensar que quan hi ha diners pel mig, de vegades les coses o bé es fan sense pensar o bé pensant només en la façana, en l’exterior, en allò que es veu.

Arribes a l’alberg i et trobes un prat verd – preciós- i allà al fons, un parell d’edificis blaus molt de disseny. A mesura que et vas acostant vas veient que realment hi ha molt de disseny, però vas pensant “això no té per què semblar el Guggenheim, només hauria de ser un refugi, un alberg”. Entres i et trobes un hospitaler amabilíssim, assegut en un tamboret davant d’una micro tauleta, més que res perquè allà en aquell vestíbul no hi cap res més. Llavors veus unes escales vistoses, grans, però poc pràctiques. Quan saps que dormiràs en una habitació de quatre lliteres, còmoda, les coses allà on són, que és en un pis diferent d’allà on és el bany, ja comences a recordar-te de l’arquitecte i de la seva família. Perquè una cosa és que un alberg condicionat com a tal però no pensat ni dissenyat per a ser-ho, com pot ser la “barraqueta” de Belorado, tingui els banys a cinc-centes milles de les habitacions, però caram! Un edifici pensat expressament per ser alberg hauria d’haver estat dissenyat amb el cap, no solament amb la cartera. I llavors, després de recordar-te de l’arquitecte, et dius “no sóc una pelegrina fashion però sóc a un alberg fashion”.

Les habitacions, com dic, són perfectes, dins les seves limitacions. Semblen les d’una casa de colònies. Notable. Les portes dels banys s’assemblen a les portes d’un saloon del Far West. No et pots tancar per dintre i és molt divertit perquè mentre estàs fent les teves feines, saps que en qualsevol moment pot aparèixer algú que, si no mira per sota la porta per veure si hi ha uns peus, es pot endur una petita sorpresa.

No hi ha cuina. I francament, segons vaig veient a mesura que faig camí, la cuina és un element important perquè acull molts pelegrins que no volen anar al restaurant. Tampoc no hi ha cap sala on hom es pugui aixoplugar quan plou. Només dos vestíbuls, massa petits. La gent s’asseu a terra o per les escales si vol xerrar. I està clar que l’explanada del davant, quan fa sol és important, però si plou o fa vent, no serveix per res. A part d’això, tots dos edificis, paral·lels, tenen una gran quantitat de sol a les escales. Per ser justos cal dir que hi ha una gran sala de màquines, amb màquines de rentar i d’assecar que funcionen amb monedes i que està prohibit rentar a mà. Així doncs: pelegrins: o us gasteu els quartos o no renteu. És clar que per passar una sola nit, tampoc no caldria exagerar.

Quant a funcionalitat jo no l’aprovaria. I tampoc crec que mai es pogués endur el premi FAD. L’exterior, l’enorme explanada, l’entorn el poble, una meravella, com tot el que hem anat veient aquests dies. L’hospitaler, com ja he dit, encantador, com gairebé tots.

Aquí tampoc conversem amb ningú. La gent va al seu aire i algunes persones corren més del que poden, perdent-se d’aquesta manera, el fet de “viure” la intensitat que ens envolta. Alguns només pensen arribar abans per trobar aigua calenta. Lluny, en el meu record, queden les persones conegudes en les primeres etapes, amb algunes de les quals encara mantenim correspondència o ens comuniquem via e-mail. Aquesta vegada no. Aquesta vegada encara és estiu. I crec que ja ho he comentat. El camí no és el mateix, a l’estiu. Perd encant perquè es massifica i passa a ser una ruta turística més. Jo no sé si això és bo o és dolent, però en qualsevol cas, a mi no m’agrada. És “l’altre costat del camí”. Ho comento amb en Joan Salvador i, com que ell està tan entusiasmat, sembla que li dolgui, el meu comentari. Però és que jo ho veig així, tal com raja.

M’estiro a la gespa i prenc el sol, com un llangardaix. Observo en Joan Salvador que s’ha quedat adormit. Cada vegada que li toca el sol, ell es retira cap a l’ombra, sense despertar-se. És divertit. Faig un examen de consciència, com tantes altres vegades en aquesta aventura i em pregunto què hi faig, aquí? I em recordo a mi mateixa que aquesta vegada ha estat una negociació. Que aquest cop, maleïdes les ganes que jo tenia de posar-me a caminar, deixant una substituta a la feina, deixant enrere totes les meves coses i després també em dic que estic sent injusta. El sol fet que aquest refugi no em convenci, el sol fet que no haguem trobat persones com en les etapes anteriors, només és un punt de vista. El meu. És només que m’ho estic mirant pel cantó que no toca. I llavors, com és habitual en mi des que he descobert que és molt millor pensar en positiu, em ve a la memòria – i ell m’ho recorda també, més tard- que havíem parlat de fer un tros de camí a la inversa per veure aquell roure centenari que ens ha agradat tant mentre veníem. I que aquest roure pot compensar el mal gust de boca de la màquina de coca coles que ens hem trobat a l’entrada del poble... un encant natural, perdut gràcies a la màquina de coca cola… I que la visita al roure pot, també, pal·liar el poc entusiasme que m’ha deixat l’alberg.

Les coses són com són i el món on vivim és així. Intentar canviar-lo és d’herois. I nosaltres no hem nascut per fer d’herois. Així doncs, passejant, amb les xancles als peus per compensar també la ditxosa al·lèrgia i amb el cor content perquè estem junts, ja que no podem canviar les coses, intentem gaudir-ne tal com estan. Anem a veure el roure i admirem aquell tros de natura i ens fixem en la fletxa groga pintada a l’escorça, una fletxa groga que es pot dir que ja forma part de les nostres vides, perquè des que vam començar a Roncesvalles, ens acompanya, amb la seva presència silenciosa.

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